El desarrollo de un país va de la mano con el de la industria de la Construcción
Esto salta a la vista. No se puede afirmar que un país cualquiera ha alcanzado o está en vías de lograr su desarrollo sin que el desarrollo de su industria de la construcción lo haga patente
No se trata solamente de que se puedan ver –y admirar- enormes rascacielos arañando los espacios más notorios de las grandes urbes. Es una industria que va, necesariamente, de la mano con todo indicio de progreso.
Y, en honor a la verdad, es posible que sea uno de los factores de empleo con mayor incidencia en la paz social y el armónico desarrollo de los pueblos. La mano de obra que ocupa, los empleos que genera y las necesidades que satisface la hacen ocupar una posición cimera en cualquier plan nacional de desarrollo.
Una política gubernamental que no incorpore un apoyo sustancial a esta industria está, literalmente, cavando su propia tumba.
La industria de la construcción no deber percibirse solamente como una forma de enriquecimiento de cierto sector económico. Sus integrantes vienen de todos los estratos sociales y a todos los estratos van distribuidos sus beneficios.
Más allá de cualquier duda, los gobiernos de todas las tendencias políticas han basado sus planes de crecimiento económico en alguna forma de “vivienda popular”. Pero las grandes ciudades también se enorgullecen de sus logros arquitectónicos, de sus zonas residenciales y, en fin, de todo lo que la imaginación humana es capaz de plasmar en cemento.
No se trata solo de lucir nuestra mejor imagen frente a propios y extraños, se trata de lograr que nuestra sociedad crezca y florezca de acuerdo a sus posibilidades.
Definitivamente, el desarrollo del país está íntimamente ligado a la industria de la construcción, ya que sus escuelas, sus calles, sus puentes y sus avenidas son en sí mismas el reflejo del país que queremos construir.




