Sobre el concreto
Es innegable que la arquitectura moderna no sería posible de no ser por el concreto. Pero esto no implica, en realidad, que se trate de un invento tan reciente como pudiéramos imaginar.
La prueba de lo que acabamos de decir nos la brindan los elementos que los antiguos utilizaban para construir obras tan impresionante, grandiosas y duraderas como las mismas pirámides de Egipto, en donde encontramos ya mezclas de cal y yeso que permitían mantener unidas esas moles pétreas que los han caracterizado y que los han hecho conocidos a nivel mundial.
Pero también los antiguos romanos hicieron aportes en el desarrollo de este material, ya que podemos encontrarlo en el propio Coliseo.
Los romanos descubrieron que mezclando la cal con una roca volcánica a la que denominaban puzolana, obtenían un cemento primigenio capaz incluso de solidificarse bajo el agua.
Este descubrimiento fue fundamental para la expansión de este imperio de la antigüedad, ya que les permitió la elaboración de edificaciones muy duraderas y enriqueció notablemente sus instalaciones portuarias, con el consiguiente crecimiento expansionista que los hizo amos del mundo conocido entonces.
Ya en una época más reciente, fueron los estudios del señor John Smeaton, quien notó que la simple mezcla de cal no era capaz de solidificarse bajo el agua, pero adonde los romanos agregaron roca volcánica, él añadió arcilla.
El paso del tiempo y los avances de la tecnología y la pura investigación, han logrado cementos de fraguado rápido al que se le añaden materiales de la era espacial que lo hacen, además, más liviano y fácil de transportar.
No cabe duda. Es el saber de los antiguos lo que hace grande a nuestra actual civilización, pero es también este saber el que –concretamente- diferencia a los países desarrollados de los subdesarrollados.




