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Turismo Etico: Aprender de nuevo a viajar

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Turismo Etico: Aprender de nuevo a viajar

El turismo se ha convertido en una potente industria, pero como cualquier asunto que se masifica, se despersonaliza, buscando sólo la "foto de postal". Sin embargo, una nueva forma de moverse toma fuerza, una donde el respeto es la base y en la que el rescate de la cultura local es lo óptimo.

Fueron los Ingleses quienes inventaron el turismo, casi sin querer y a comienzos del siglo pasado. La revolución industrial, además de humo, les había dejado a unos privilegiados la fabulosa mezcla de tiempo y dinero. Por aquellos tiempos, los jóvenes de alcurnia ingleses egresados de prestigiosas universidades, como Cambridge, se lanzaban durante años en busca de aventuras a través de Europa. Los primeros turistas habían nacido. Lustros pasaron, guerras mundiales, crisis económicas y en los 50', cuando los norteamericanos ya poseían cierta hegemonía global, aprovecharon esos grandes aviones capaces de llegar a la Europa empobrecida y donde el dólar pegaba fuerte, para cruzar el charco y dar el vamos al prototipo del turismo de masas. Es decir, la idea del viaje por placer es reciente. Viajar, históricamente, ha sido un vehículo para comerciar, traficar, huir, conquistar y varias actividades humanas que nada tenían que ver con tirarse en una playa a comprobar que el tiempo pasa. Incluso, si analizamos la palabra travel (viajar, en inglés) su raíz es la francesa travail (trabajo). Y no es raro que al regreso de nuestro periplo necesitemos un tiempo libre para descansar de las vacaciones, como si éstas fuesen una extensión de nuestras jornadas laborales.

En la actualidad, el turismo es una de las actividades económicas con más impacto en el planeta. Según la Organización Mundial del Turismo, los viajeros internacionales pasaron de 25 millones en 1950 a 980 millones el año pasado. Y este mismo organismo espera que durante 2012 se alcance la histórica cifra de los mil millones. Visto de otro modo, uno de cada siete habitantes del mundo realizará algún viaje este año. Otro dato: durante el 2010, el turismo internacional generó ingresos por 919 mil millones de dólares. Y esto no para: aviones más grandes, más rápidos, cruceros convertidos en ciudades flotantes, resorts donde una semana de estadía no es suficiente para recorrerlos y la certeza de que pocos lugares en la tierra estarán exentos de un turista con cámara de fotos al cuello. Y eso que todavía no comienza con toda su fuerza la diáspora turística de aquella clase media de China e India que lanzará al mercado varios millones de turistas.

Pero ¿qué buscamos cuando viajamos? ¿Por qué viajamos?El turismo tradicional propone que viajar es un esforzado recorrido (si lo prefiere relajado sobre un bus, sólo avise, para eso estamos) por los lugares que "hay que ver". Y el turista ya sabe de antemano lo que hay que ver, gracias a las guías escritas por personas que ya hicieron el trabajo de hacernos un catálogo de los sitios de interés, y que causan angustia cuando no logramos borrarlos de la lista de los puntos por fotografiar. "En cuanto a los que viajan a lejanas regiones, generalmente en grupo, para hacer provisión de sol y de imágenes, se exponen, en el mejor de los casos, a encontrar solamente aquello que esperaban encontrar: a saber, hoteles extrañamente semejantes a los que frecuentaban en otros lugares el año anterior, habitaciones con televisión para mirar el programa de CNN (…) y, en el caso de los más venturosos, algunos leones de Kenya fieles a la cita que les asigna por la tarde un hábil guía, algunos flamencos rosados, algunas ballenas argentinas…", afirma el etnólogo francés Marc Augé en su libro El viaje imposible.

Un gran título que da cuenta del actual fenómeno, de ese "viaje de descubrimiento" que ya nunca podremos hacer, porque, según Augé, el viaje se ha convertido en la persecución de vivencias imaginarias previamente garantizadas. La gente va a los lugares emblemáticos para decir que estuvo ahí, disparando a mansalva con su cámara, como si las 84 fotos no fuesen suficientes para comprobar que la torre Eiffel es la que aparece en la pantallita. Y los más aventureros, a veces, viajan al Amazonas para encontrarse con unos indígenas disfrazados de ellos mismos que bailan supuestas danzas ancestrales, en vez de la comunidad autóctona que ya fue desplazada. Y se puede estar sentado en un pequeño balneario que palpita el reggae, con mucho verde, amarillo y rojo, sin saber si es Jamaica, Colombia o Tailandia: son las mismas artesanías, idiomas, dreadlocks y supuesta "buena onda". "Pero, entendámonos bien: viajar, sí, hay que viajar, habría que viajar, pero sobre todo no hacer turismo (…), el mundo todavía existe en su diversidad. Pero esa diversidad poco tiene que ver con el caleidoscopio ilusorio del turismo. Tal vez una de nuestras tareas más urgentes sea volver a aprender a viajar, en todo caso, a las regiones más cercanas a nosotros, a fin de aprender nuevamente a ver", afirma Augé.

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